miércoles, 7 de enero de 2009

VI. Chavo de Onda

Traía una tirria de los mil demonios, no sabía ni contra quién, arrumbó la mochila en un rincón, buscó su arma, la última vez que la había visto estaba en un cajón, era un revolver de 25 milímetros, oxidado y viejo. Quería matarlos, a los dos, “se están burlando de mi, par de malditos” decía para si con voz alta, casi gritando. De repente alguien tocó la puerta, golpes muy suaves, como si un alma inoportuna le diera mucha pena molestarle, pero aun así los golpes eran insistentes, pero a él, cómo es de suponer, le valió madre tal detalle. Se dirigió al espacio que hacia las veces de estancia y buscó entre un montón de objetos amontonados una cinta de Three Souls in my Mind. Se le ocurrió reproducirla, subió el volumen a su máxima potencia, la música por fin ahogó el sonido producido por los golpes insistentes del quejoso. Luego sacó del refrigerador una caguama, “pa ir agarrando valor” dijo en voz alta, como si dirigiera sus palabras al mismísimo demonio.

Salió de su departamento y bajó las escaleras con todas las intenciones de matar “con unos pinches plomazos al par de cabrones” pensó para si; metió la mano en el bolsillo y sintió la cacha del revolver, recordó que estaba en pésimas condiciones de conservación, “¡puta madre! ¿Si no sirve?” se preguntó a si mismo, esta vez mascullando las palabras y con voz muy bajita, se comenzó a plantear alternativas: “¿y si les meto unos piquetes a los infelices?, no, mejor los cazo a los desgraciados, les tiendo una emboscada, pensar en la estrategia, como el buen Lenin hacía…”. En eso iba pensando cuando se dio cuenta que estaba en el mercado, la Secundaria 141 estaba cruzando la calle, era momento del cambio de turno, de repente lo vio de lejos: el hijo de su pinche madre iba caminando, “muy chiles el cabrón, con tamaña sonrisota, como burlándose del mundo”, pensó.

Su paranoia no tuvo límites, oía risas, voces que lo invitaban a matar; escuchó que la gente a derredor coreaba “mátalos, mátalos, mátalos…”, los veía como demonios, deformes, rojos los cabrones, con patas de cabra, cuernos, barba, trinche… De pronto olvidó el motivo de su ira; los diablos desaparecieron, a lo lejos se veía un horizonte interminable, como si la superficie de la tierra estuviera cubierta en su totalidad por una placa de asfalto, perdido en ese horizonte se veía el sol, como dibujado en una hoja de papel, los rayos quemaban su piel y lo deslumbraban, aún así pudo ver a ese par de cabrones metiéndose mano: “malditos, traidores, se burlan de ti, debes matar a esos dos malditos” dijo en voz muy alta mientras se iba acercando donde estaban besuqueándose Luisa y Manuel, que de pronto se soltaron cuando escucharon sus gritos: “cálmate cabrón, ¿qué no entiendes que te mandaron a la chingada?”, dijo Manuel, “si, ya bájale a tu relajo carnalito”, le secundó Luisa.

Escuchaba sus malditas carcajadas, reían mientras se besaban, no tenía puta idea cómo le hacían, pero sus risas locas hacían resonar sus tímpanos a más no poder, se soltaron y mostraron sus facciones demoníacas, sus carcajadas estentóreas dejaban ver unos afilados colmillos, “malditos, se burlan de mí”, metió la mano temblorosa en el bolsillo y sacó su revolver que lanzó destellos dorados, “mi reluciente revolver” pensó. De pronto desaparecieron los demonios y se sintió feliz, tiró su revolver, había consumado su acto, se vengó de aquel par de infelices, los mató con balas de plata, cómo se hace con los demonios: a ella la mató por puta, y al otro por mal amigo y traidor.